Mirando las Aves
Cuando despierto en las mañanas sé lo que quiero, buscarla de nuevo. Es el ave, la gran ave blanca que en los pastos verdes convirtió en paraíso la vegetación, grande sus alas, negras sus patas, fina y adulta, el ave despreocupada de su alrededor nos conoce muy bien, sólo pasan por la carretera.
-¿Qué haces ave blanca en estos verdes pastos?
-lo que tu, hermano, lo que tu.
El ave, tranquila, seguía buscando desde un mismo lugar, y como si disfrutara de la fresca brisa mañanera, elegante y dueña del fondo, movía ligeramente algunas partes de su cuerpo. Era grande, como de un metro y medio, a la vista lejana podía observar algunos de sus detalles, su pico era negro pero sus ojos eran mas oscuros, imposible poder verlos sin pensar que llevaba en sí algún secreto, lo cual la volvía mas misteriosa e inalcanzable. Los ruidos de los autos, no le causaban inmutación alguna, seguía buscando, entre los pastos, seguía buscando algo que comer seguramente.
-¿hace cuanto estas aquí, ave blanca?
-Antes que tu, hermano, antes que tu.
Al borde del asfalto, al borde de la modernidad empezaban las pequeñas flores amarillas y moradas, que con la humedad de la mañana los pétalos y las hojas adquirían un color mas intenso. A mi me recordaban a mujer, pero también a aquel llamado, aquel que nos sugiere felicidad, que nos muestra el margen, que nos muestran en la historia y la fragilidad del porvenir, que nos dice: habla a tu corazón.
-He venido hasta aquí, ave, para que me muestres quien soy, para que me cures el corazón.
-Siéntete aliviado muchacho, conoces el amor.
Como una pintura, como una canción, como una obra, como la obra de posteridad, la magnificencia del ave delataba que no era de aquí, que había llegado desde lugares desconocidos y que había venido para verme. Aterrorizado quedé al percatarme de que me vigilaba desde hace mucho, de que conocía quien era y que ni yo lo sabía.
-¡oh! ¡ave celestial o demoniaca! apiádate de nuestras vidas y quítanos el velo de maya.
-Siéntete aliviado muchacho, conoces el amor.
Entonces miré hacia el fondo, donde terminaba el horizonte, donde las plantas, muy pequeñas, separaban el cielo y la tierra y lo tuve claro. El ave se marchó desplegando sus fantasiosas alas y yo volví a casa; en mi cuarto, tenía que escribirlo, tenía que plasmarlo, buscaba desesperadamente hacerme uno con la experiencia...lo guardé en mi sueño, allí podré ver de nuevo al ave.
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